La América creada por los europeos es aquella lejana, exótica, primitiva, inferior. Aunque la primera impresión de los colonizadores sobre los indígenas fue más de idealización, admirando su tecnología, arquitectura, salud, modo de vivir, viéndolos como sabios hombres que llegaban a vivir más de 100 años con una salud excelente. Rápidamente, esta definición de indígena cambió, pasando de el ideal humano al caníbal deforme, raro, inmoral y sucio, porque el aborigen no podía, de ninguna manera, ser superior al europeo, con años de experiencia en su sociedad.
La imagen que tenían los europeos del hombre indígena (antes de «descubrir» América), tenía relación con el hombre de las cavernas, el neandertal, un ser peludo e idiota con costumbres altamente cuestionables y una energía sexual inmensurable. Hay un choque al conocer al aborigen de América, porque ven a un ser pequeño (pero fuerte), lampiño, que camina en dos patas como el resto de nosotros.

Se puede definir que Europa siempre ha tratado de controlar a América, tenerla bajo el pie, y hacerle una imagen subdesarrollada en comparación a la Gran Europa. Aquí es donde se crea todo el imaginario americano: monstruos sin cabeza, que caminan en cuatro patas, con cuerpo de animal, u orejas inmensas.