Los onas, también conocidos como selk’nam, son un pueblo originario nómada que se localizaba en el norte y centro de Tierra del Fuego, al sur de América, abarcando territorios de Chile y Argentina.
Sufrieron genocidio por parte de los europeos con el objetivo de tener posesión de las tierras que habitaban, para ganadería ovina, a fines del siglo XIX e inicios del XX. La gran mayoría de los onas que no murieron en este incidente fueron enviados a la isla Dawson, en donde perecieron a diversas enfermedades como neumonía, sarampión, tuberculosis, etc. Los últimos selk’nam que siguen con vida hoy en día se encuentran en el sur de Argentina, residiendo en Tierra del Fuego, sin la cultura que caracterizaba a sus antepasados.
Son muy conocidos gracias a sus «disfraces»: cuerpos pintados con líneas y puntos, complementando con máscaras para cambiar la apariencia humana. Estos tenían el objetivo de representar espíritus, que los hombres usaban para controlar a las mujeres y niños, infundiendo miedo, y manteniendo su sistema patriarcal. La verdad de estos seres eran reveladas a los hombres de 18 años en el ritual de iniciación Hain, en donde además de enfrentar a los «espíritus», tenían que pasar por un arduo entrenamiento para poder proveer al grupo con alimento.
Cada uno de estos espíritus tenía una función y una apariencia, y los hombres que los representaban actuaban de forma distinta también.

Probablemente el espíritu más terrorífico para mi, y uno de los más reproducidos en los objetos comerciales. El uso de cuernos le da una apariencia más violenta, y la máscara, al no ser exactamente una cara humana, deja una sensación incómoda al verla por mucho tiempo.

Definitivamente el espíritu menos humano de todos. Uno no pensaría que sería un espíritu «gordo», si no más bien un animal, un pez, un algo. Más que miedo me genera misterio. ¿Dónde están sus ojos? ¿Sus brazos? ¿Puede hacer daño, o su única función es visual?

Este espíritu es más amigable en apariencia, aunque de nuevo la falta de rostro humano lo llena de misterio. Las líneas parecen desaparecer en el espacio donde debería estar la cara, dejando un vacío que quizás invita a imaginar lo que no está.